lunes, 18 de diciembre de 2006

"Lágrimas amargas..."

A pesar de marchar al compás acostumbrado, había perdido algo importante, ya no me sentía completo. Es que nos han pasado tantas cosas juntos, que el separarme de ti, me ha dejado sin capacidad de reacción.

Recuerdo que nos dijimos tantas cosas antes de marchar, nunca nada malo como de costumbre, por que en nuestro vocabulario y en nuestro diario vivir no existe la maldad ni la cizaña, pero, si dijimos que en la despedida no diríamos ni chao, ni adiós, ni hasta luego, ni hasta pronto, sólo sería un beso que tendría repercusiones futuras como el último del año, junto al más fuerte de los abrazos que pudiera resistir tu delgada figura, luego darías la vuelta y te irías.

Pero nada fue como esperábamos. Llegamos de un hermoso paseo de fin de semana, atrasados, tu corriendo a tu casa a buscar el equipaje y yo corriendo para no perderme el momento del adiós. A la hora después, volvías casi justo a tiempo para tomar el bus que te llevaría a Puerto Montt, junto a tu familia, después de un difícil primer año universitario. Venías tan sobrecargada... ¿De dónde sacaste tanta chuchería?... Te abracé torpemente... torpemente te acaricié. Quería decirte tantas cosas bellas que me brotaban del alma, pero que no podía, por que un nudo me apretaba la garganta. No podía. Tenía miedo. No podía llorar ante ti nuevamente, como señalándote; "no agüantaré la distancia", o peor aún, "no sé vivir sin ti, eres parte de mi ser y si te vas... ¡Me muero aquí mismo!"... Me aferré a ti, te abracé tan fuerte, que quería fundirte en mi pecho y llevarte por siempre conmigo... pero la máquina ya partía, sacándome del letargo y te deje ir. Busque el ángulo para seguir haciéndote señales, antes que el bus se marchara. Te llame, oí tu dulce y tierna voz, pero tuve que cortar, por que sentí que se partía en mil pedazos mi corazón. Salí corriendo del terminal. Mi corazón bombeaba como el de un "triatlonista", mi cara estaba roja como pancora, mi pecho se apretaba, tenía tanta rabia, por que justo cuando creí ser feliz con alguien, justo cuando rozaba a instantes la perfección... se iba de mi lado.

No pude soportar más y brotaron las lágrimas, como río caudaloso. Sin embargo, no eran dulces, pues estaban llenas de amargura, la que durará hasta que nos reencontremos. Pero descuida, tengo fe. Sé que aún hay esperanzas, que nos volveremos a encontrar. Lo sé por que tú lo leíste en mi mano, por que nuestros destinos están ligados...

Esta historia no terminará aquí... no así.

2 comentarios:

Ameecita dijo...

aaahhh
que puedo decir...las despedidas son tristes, pero en su caso mi querido capi...tengo la certeza de que esa despedida no era un adios, sino un te veo pronto...lo que usted y esa niña sienten traspasa los más de mil kilometros que los separan, se lo prometo, y lo se pk lo he vivido, pk se que la distancia no es barrera para el amor...la unica barrera para el amor son nuestras propias irresponsabilidades y temores...y ustedes no son miedosos ni irresponsables.
cuidese y tome harto helado!!!

Anónimo dijo...

mmmmmm q triste es decirle a un ser q se ama adios, y saber q quizas alguna vez sus rostros se topen nuevamente, pero aun asi no tener la certeza de aquello, pero es mas triste aun cuando un ser q amas parte un dia cualquiera sin avisar y estas consiente de q nunca volvera por q se ha ido y para siempre a otra domension q solo conosen quienes han pasado por lo mismo como: salvador allende, celia cruz, mauricio inostroza y muchos cuantos q conocen el misterio d ela muerte ...